Gracia y Gloria
Copyright © 1995 by P. G. Mathew
Revisión del 14 de junio de 1995
Hoy quiero hablarles con respecto a la regeneración espiritual. Hemos establecido previamente que la salvación nos rescata de la ira de Dios, nos rescata del pecado y de la culpabilidad, nos rescata de Satanás, de la muerte y del infierno. Pero la salvación no solamente nos rescata de algo, sino que nos libera hacia algo - hacia Dios, hacia una comunión con Dios, hacia el servicio a Dios, y hacia el disfrute de la vida eterna.
Las Escrituras describen las diferentes etapas en el proceso de la salvación. En varios pasajes del Nuevo Testamento encontramos listas parciales de estas difrentes etapas. Uno de estos pasajes es Romanos 8, versículos 29 y 30, donde leemos, “Porque a los que antes conoció, también los predestinó para que fuesen hechos conforme a la imagen de su Hijo, para que él sea primogénito entre sus hermanos. Y a los que predestinó, a éstos también llamó; y a los que llamó, a éstos también justificó; y a los que justificó, a éstos también glorificó.”
He aquí entonces algunos de los pasos de la salvación:
Presciencia, o conocer de antemano, y predestinación. Presciencia significa que Dios, conociéndonos de antemano, nos ama desde antes de la creación del mundo, desde la eternidad. Esto revela la causa de nuestra salvación. Nuestra salvación se debe a que Dios nos amó desde antes de la creación del mundo. Y al predestinarnos, estableció Dios nuestra salvación. Ahora, estas dos fases ocurrieron en la mente de Dios en la eternidad.
Pero la fase que afecta a un pecador, en el tiempo y espacio de su vida, se conoce como el llamado de Dios. Este llamado ocurre en referencia a la prédica del evangelio, por medio del cual Dios llama a los pecadores a que tengan comunión con él. Al estudiar este llamado, descubrimos que existen dos aspectos de la prédica del evangelio. El primero es el aspecto externo del llamado y que todo el mundo escucha. Sin embargo, aquellos que no han sido amados por Dios de antemano y predestinados, los que no han sido escogidos por Dios, rechazarán la llamada del evangelio. Estos rechazarán las afirmaciones de Jesucristo. Pero los escogidos de Dios, además de escuchar con sus oídos la llamada externa, adicionalmente escucharán una llamada interna - una llamada interna efectuada por el Espíritu Santo . Como resultado de esta llamada interna y creadora, el elegido de Dios responderá al evangelio tal como Lidia respondió a la prédica de San Pablo en el capítulo 16 del libro de Hechos.
Existe entonces el llamado, o sea, la prédica del evangelio - y aquí insertaremos las etapas consecuentes entre el llamado y la justificación, ya que estas etapas aparecen descritas en otros pasajes de las Escrituras. ¿Cuáles son, entonces, estas etapas? La primera es la regeneración, luego están el arrepentimiento y la fe, y después, por supuesto, la santificación y la glorificación. De manera que si alguien nos preguntara cuáles son los pasos de la salvación cristiana, podremos decirle que son: presciencia o conocimiento previo, predestinación, llamado eficaz, regeneración, fe y arrepentimiento, santificación y glorificación. Siete pasos o etapas en total.
Ya hemos establecido que las dos primeras etapas ocurrieron en la mente de Dios en la eternidad. Dios nos ha elegido para la salvación desde la eternidad. Pero el primer paso en el proceso de la salvación que experimenta el pecador en su vida es la regeneración, la cual ocurre en contexto con la prédica del evangelio, o con el llamado de Dios. Tal como hemos ya mencionado, este llamado de Dios es tanto interno como externo. La persona no elegida oye el evangelio y lo rechaza prontamente, como la semilla que cae a la orilla del camino (Lucas 8, versículos 5 al 15). Los pájaros llegan y se llevan la semilla. Esta es una demostración de cómo Satán arrebata el evangelio de la mente de los que no han sido elegidos. Estas personas no elegidas no experimentan ningún llamado efectivo del Espíritu Santo. Pero el elegido no solamente oye el llamado externo, sino que además oye el llamado interno y es habilitado para responder al llamado de Dios, para venir a Dios y tener comunión con Dios para siempre. De ésto es lo que se trata este llamado: Tal como si se tratara de una invitación a un banquete, la llamada es para asistir a un gran banquete de salvación en Cristo y disfrutar de éste.
Así, en la vida del elegido, el llamado de Dios es efectivo. ¿Por qué es efectivo? Porque ocurre de acuerdo con el propósito eterno y soberano de Dios, y los propósitos de Dios nunca se frustran. Específicamente, aquello que hace que una persona sea capaz de responder al llamado del evangelio con arrepentimiento y fe en el Señor Jesucristo, es la experiencia de la regeneración, o el nacer de nuevo.
Ahora es necesario que nos preguntemos por qué es necesaria esta regeneración, o nuevo nacimiento. Es necesaria porque el hombre, siendo pecador, no solamente es culpable delante de Dios de una manera objetiva, sino que subjetivamente también es depravado y contaminado en su ser. El hombre es enemigo de Dios e incapaz, como se nos dice, de recibir cosas espirituales con su mente, voluntad, y afectos. Un pecador es incapaz de hacer algo que complazca a Dios. Un pecador está muerto - muerto en sus violaciones y sus pecados. De manera que es completamente incapaz de responder por sí mismo a Dios. Siendo pecador por naturaleza, sólo puede cometer actos de pecado. Como un árbol enfermo, el pecador solamente puede producir fruto malo. El Salmista David dice, “Se apartaron los impíos desde la matriz; se descarriaron hablando mentira desde que nacieron.” (Salmo 58, versículo 3). David dice refiriéndose a sí mismo, “He aquí, en maldad he sido formado, y en pecado me concibió mi madre.” (Salmo 51, versículo 5). Jeremías dice, “Engañoso es el corazón más que todas las cosas, y perverso; ¿quién lo conocerá?” (Jeremías, capítulo 17, versículo 9).
En otras palabras, la condición humana es tan mala que no puede haber ningún tipo de solución humana que pueda mejorarla, ya que ningún ser humano es capaz de comprender la depravación del corazón humano. Solo el Señor puede entenderlo, y por lo tanto es solamente el Señor quien puede encargarse de él y cambiarlo. Jeremías también dice, “¿Mudará el etíope su piel, y el leopardo sus manchas? Así también, ¿podréis vosotros hacer bien, estando habituados a hacer mal?” (Jeremías, capítulo 13, versículo 23). De esta manera concluimos que el hombre no puede salvarse a sí mismo. Y debido a esta inhabilidad moral del hombre, tiene que ocurrir una transformación radical y completa en el alma del pecador por medio de Dios Espíritu Santo. Y es por virtud de este cambio que el pecador se transforma en hijo de Dios, en un hombre nuevo, en una nueva creación.
Esta obra fundamental y radical de Dios se llama regeneración, o nuevo nacimiento, y puede compararse a lo que Jesús hizo por Lázaro, quien murió y había sido enterrado. Ustedes conocen la historia que San Juan relata en el capítulo 11 de su evangelio. A la orden creadora de Jesús, “¡Lázaro, ven fuera!” Lázaro respondió a la llamada ya que Jesús lo levantó de su muerte. De igual manera, para responder a la llamada de Dios de venir a él y tener comunión con él y disfrutar de la vida eterna, nosotros, quienes estamos muertos, tenemos que ser levantados a la vida espiritual por medio del milagro de la regeneración.
Observemos lo que dos de los capítulos del evangelio de Juan nos dicen acerca de la regeneración. Dice el capítulo 1, versículos 12 al 13, “Mas a todos los que le recibieron, a los que creen en su nombre…” Bien, ésto es responder a la llamada del evangelio. El asunto es, ¿cómo puede alguien responder? El recibir y el creer son actividades que realiza el pecador, pero ¿cómo puede éste responder de esta manera? Sigamos leyendo: “… a todos los que le recibieron, a los que creen en su nombre…” - recibir significa creer - “…les dió potestad de ser hijos de Dios; los cuales no son engendrados de sangre, ni de voluntad de carne, ni de voluntad de varón…” - podemos resumir que no se trata de algo relacionado con actividad humana alguna - “… sino de Dios.”
Pasemos ahora al capítulo 3, donde encontramos la entrevista entre Jesús y Nicodemo, maestro de Israel, miembro del Sanedrín judío, y hombre muy culto quien reconocía a Jesús también como maestro. Es probable que Jesús y Nicodemo hayan tenido una relación de maestro a maestro. Leamos varios de los primeros versos del tercer capítulo de Juan: “Había un hombre de los fariseos que se llamaba Nicodemo, un principal entre los judíos. Este vino a Jesús de noche, y le dijo… Rabí, sabemos que has venido de Dios como maestro; porque nadie puede hacer estas señales que tú haces, si no está Dios con él. Respondió Jesús y le dijo: De cierto, de cierto te digo, que el que no naciere de nuevo, no puede ver el reino de Dios. Nicodemo le dijo:
¿Cómo puede un hombre nacer siendo viejo? ¿Puede acaso entrar por segunda vez en el vientre de su madre, y nacer? Respondió Jesús: De cierto, de cierto te digo, que el que no naciere de agua y del Espíritu, no puede entrar en el reino de Dios. Lo que es nacido de la carne, carne es; y lo que es nacido del Espíritu, espíritu es. No te maravilles de que te dije: Os es necesario nacer de nuevo. El viento sopla de donde quiere, y oyes su sonido; mas ni sabes de dónde viene, ni adónde va; así es todo aquel que es nacido del Espíritu.” En otros términos, la condición indispensable para entrar en el reino de Dios es ¿qué? Regeneración. Esto es lo que Jesús aparece explicando en este pasaje - regeneración debido a la acción del Santo Espíritu de Dios.
Ahora, a continuación, procederé a discutir para ustedes, a partir de los versículos 1 al 8 del tercer capítulo del evangelio de Juan, nueve puntos referentes a la regeneración :
La regeneración es un cambio profundo en nuestras almas. Es por ésto que es radical, o sea, que afecta las propias raíces de nuestro ser. Es un cambio radical y fundamental. Es un cambio que ocurre en el mero centro de nuestro ser. Un cambio que ocurre internamente, aunque externamente, físicamente, nos veamos igual que antes. La regeneración no se trata de cambios morales superficiales que algunas personas pueden lograr por su propia cuenta. En cambio, se trata de hacer que un árbol enfermo sea capaz de producir frutos sanos. Como transformar un león en oveja. Como convertir a un extraño en un hijo. El mismo Jesucristo dice que el efecto de la regeneración es como sigue: Antes de la regeneración Jesús describe al pecador como pecador, y luego de la regeneración lo describe como espíritu. Es por ésto que se trata de un cambio profundo, de una transformación radical. Se trata de convertir un enemigo de Dios en un amigo de Dios. Piensen ustedes en estos términos, para que puedan decidir si han experimentado esta obra de regeneración. Pasemos ahora a revisar un par de escrituras: La epístola de Tito, capítulo 3, versículo 5, dice: “… nos salvó, no por obras de justicia que nosotros hubiéramos hecho, sino por su misericordia, por el lavamiento de la regeneración, y por la renovación del Espíritu Santo…” Y en el libro a los Efesios, capítulo 4, versículo 24, leemos: “… y vestíos del nuevo hombre,” ¡Un nuevo ser! Este es el efecto de la regeneración, el ser “creado según Dios en la justicia y santidad de la verdad.” Y como resultado de esta obra profunda, interna, radical, y fundamental de la regeneración, se nos capacita para reflejar la imagen de Dios - sabemos que “todos pecaron, y están destituidos de la gloria de Dios…”, pero ahora, debido a esta obra inicial y regeneradora de Dios, nos encontramos capacitados nuevamente para reflejar la naturaleza de Dios en la rectitud y santidad de la verdad.
Tenemos que comprender que la regeneración es una obra divina, y que es por ésto que es eficaz. En otras palabras, no es una obra que otros - nuestros padres, amigos cristianos, la sociedad, el gobierno - pueden ejecutar debido a la influencia que puedan tener sobre nuestras vidas. No es una obra que yo mismo puedo hacer que ocurra en mi vida. Ya hemos discutido que ésto es imposible. De manera que se trata de un obra de Dios Todopoderoso, Creador y Sustentador del universo. Tal como ninguna criatura nacida en este mundo ha producido su propio nacimiento, ningún pecador puede causar su propio nuevo nacimiento. Esto es obra de Dios - específicamente, obra de Dios Espíritu Santo.
La regeneración es una obra directa e inmediata de Dios, sin existir ningún agente intermediario. Dios no efectúa esta profunda obra regenerativa por medio de agentes como predicadores o sacerdotes. Es un trabajo directo en el alma del hombre, sin ningún trabajo intermedio - es una obra inmediata. La regeneración, de acuerdo al fallecido profesor de la Universidad de Princeton B. B. Warfield, “es una obra creadora directa e inmediata de Dios Espíritu Santo sobre el alma humana.” No existe sacerdote que pueda, por medio del bautismo, infundirle nueva vida a una persona. Recordarán la historia de la Lidia de Filipos del libro de hechos, capítulo 16. San Pablo le predicó el evangelio, pero nos dicen los versículos 14 y 15 que Dios le abrió el corazón para que respondiera a la llamada del evangelio. Esto fue por la obra directa e inmediata de Dios en el alma pecadora de Lidia.
Esta obra de regeneración es una obra decisiva. En el idioma griego, el tiempo del verbo usado para describir regeneración es el tiempo aoristo del verbo genao, el cual significa engendrar. Esto nos dice que la regeneración es un acto decisivo. Y como resultado de esta acción de Dios en el alma humana, el pecador cesa para siempre de ser la horrible criatura que era antes. Se transforma en una nueva persona, en un nuevo hombre, en una nueva criatura para siempre. ¡Es un milagro! Consideren si ésto ha sucedido, o no, en sus vidas.
La obra de regeneración espiritual tiene una sola fuente de origen, o sea una sola persona es responsable por esta obra. Esta persona no es usted, ya que hemos comprobado que el hombre es pecador y no puede salvarse a sí mismo. El hombre está muerto. Es incapaz de responder. Es depravado en su naturaleza. Sabemos que “Engañoso es el corazón más que todas las cosas, y perverso; ¿quién lo conocerá?” El hombre ni siquiera sabe cuál es su problema, y es incapaz de diagnosticar su problema espiritual. Es por ésto que gasta energía continuamente contándole a todo el mundo sus propias grandezas. Su interés total se centra en sí mismo y su estima personal, y de alguna manera cree que puede salvarse a sí mismo repitiendo la mantra: “Yo soy bueno.” Veamos lo que nos dicen algunas escrituras antes de discutir este punto con mayor profundidad. Pasemos al capítulo 12 del evangelio de Mateo, versículos 33 al 35. Dice Jesús: “O haced el árbol bueno, y su fruto bueno, o haced el árbol malo, y su fruto malo; porque por el fruto se conoce al árbol. ¡Generación de víboras! ¿Cómo podéis hablar lo bueno, siendo malos?” Aquí no se considera la estima personal del hombre. Ya he mencionado que solo el Señor puede comprender la miseria del corazón humano. Aquí dice Jesús: ¡Generación de víboras! ¿Cómo podéis hablar lo bueno, siendo malos?” Porque la naturaleza del pecador es perversa y nada más. “Porque de la abundancia del corazón habla la boca. El hombre bueno, del buen tesoro del corazón saca buenas cosas; y el hombre malo, del mal tesoro saca malas cosas.” Dénse cuenta, entonces, de lo seria que es la condición del hombre. Veamos lo que dice Mateo en el capítulo 19 de su evangelio, comenzando con el versículo 16. Ustedes conocen la historia del joven rico a quien Jesús le dijo: “Si quieres ser perfecto, anda, vende lo que tienes, y dálo a los pobres, y tendrás tesoro en el cielo; y ven y sígueme.” El versículo 22 dice: “Oyendo el joven esta palabra, se fue triste, porque tenía muchas posesiones. Entonces Jesús dijo a sus discípulos: De cierto os digo, que difícilmente entrará un rico en el reino de los cielos. Otra vez os digo, que es más fácil pasar un camello por el ojo de una aguja, que entrar un rico en el reino de Dios. Sus discípulos, oyendo ésto, se asombraron en gran manera, diciendo, ¿quién, pues, podrá ser salvo? Y mirándolos Jesús, les dijo: Para los hombres ésto es imposible; mas para Dios todo es posible.” Esta acción tiene, como podemos ver, un solo origen, y este origen no es usted, no es humano. Es Dios el que efectúa la acción, Dios solamente el que lo hace, y lo hace de manera inmediata y directa sobre su alma humana. Como resultado, un creyente es una persona que es nacida de Dios, nacida del Espíritu. Una sola de las partes ejecuta la obra, y esta parte la constituye Dios solamente. Usted tiene la parte pasiva, como un paciente tiene la parte pasiva durante su operación. Sin embargo, la persona regenerada coopera con Dios, a partir del momento de su regeneración, en la realización o manifestación de su salvación. Pero ya esto constituye otro tema, la santificación, que significa el vivir devotamente. En cuanto a la obra de regeneración, Dios trabaja solo. Noten, además, que Lázaro no hizo nada para efectuar su resurrección, la cual se debió únicamente a la obra creativa de Jesucristo, a través de la misma palabra que le brindó existencia al universo, y que sostiene la existencia de éste. La regeneración tiene un solo origen de energía, y Dios solo efectúa esta obra.
La regeneración es un acto soberano de Dios. En el evangelio de Juan, capítulo 5, versículo 21, leemos: “Porque como el padre levanta a los muertos, y les da vida, así también el Hijo a los que quiere da vida.” El versículo 8 del capítulo 3 dice: “El viento sopla de donde quiere.” Y la carta de Santiago dice en el capítulo 1, versículo 18: “El, de su voluntad, nos hizo nacer.” En otras palabras, la regeneración no la controlamos ni usted ni yo, sino que es producida completamente de acuerdo a Dios. Es Dios quien determina a quien se le otorgará que nazca de nuevo. Nadie puede dictarle a El. En el capítulo 8 de Romanos, versículo 15, San Pablo hace mención de lo que Dios le dijo a Moisés: “Tendré misericordia del que yo tenga misericordia, y me compadeceré del que yo me compadezca.” No depende, por consiguiente, del esfuerzo humano ni del deseo humano, dice San Pablo. La regeneración no depende del deseo del hombre ni de sus esfuerzos, sino de la misericordia de Dios. Con seguridad este concepto no se adapta a las muchedumbres que siguen las filosofías de estima personal.
La regeneración es una obra invisible. No puede ser observada por nadie, así como nadie puede ver el viento. Pasemos al Salmo 139. Con respecto al nacimiento natural, se nos dice acá: “Te alabaré; porque formidables, maravillosas son tus obras; estoy maravillado, y mi alma lo sabe muy bien. No fue encubierto de ti mi cuerpo, bien que en lo oculto fui formado, y entretejido en lo más profundo de la tierra. Mi embrión vieron tus ojos.” De la misma manera nuestro nacimiento espiritual, nuestra regeneración, es una obra invisible de Dios.
La regeneración es no solamente invisible, sino que es una obra de Dios irresistible para el hombre. Esto le sorprenderá si no cree en la depravación y contaminación total de nuestro ser, o si cree que el hombre es de alguna manera capaz [de salvarse a sí mismo]. La regeneración es una obra irresistible de Dios, y si Dios va hacer que suceda su propósito eterno de salvarlo, lo regenerará, y usted no será capaz de resistir su determinación de salvarlo. Tal como usted no puede resistir al viento, tampoco podrá resistir el propósito eterno de Dios de efectuar directa e inmediatamente este cambio profundo en su alma.
La regeneración es una obra cuyos efectos son visibles a los ojos de todos. Tal como se pueden observar los efectos del viento al soplar - casas destruidas, árboles sacudidos, etc. - de igual manera se pueden observar los efectos de la regeneración en una persona. Aquí me refiero al segundo capítulo de la primera epístola de Juan, versículo 29. Una persona que ha nacido de Dios lleva a cabo actos de justicia. En otras palabras, esta persona obedece a Dios como resultado de la profunda transformación interna que ha experimentado. Veamos lo que dice la primera epístola de Juan, capítulo 3 versículo 9, y capítulo 5 versículo 18. Estos versos dicen que la persona regenerada no peca, lo cual significa que no continúa en su pecado. Esta persona se caracteriza por su hábito de obediencia, no por su absoluta perfección. La inclinación de su vida es hacia Dios, a amar a Dios, como resultado de esta regeneración. Otro de los efectos [de la regeneración] lo menciona la primera epístola de San Juan, capítulo 4, versículo 7. La persona regenerada ama a sus hermanos y hermanas. Ama a los cristianos, a los miembros de la familia de Dios, y los ama profundamente. Y el último efecto lo encontramos en la misma epístola, capítulo 5, versículos 1 y 4. Una persona que verdaderamente ha nacido de Dios cree correctamente. Esta persona es correcta en cuanto a doctrinas. Cree en las doctrinas correctas tal como aparecen reveladas en las Sagradas Escrituras, y de esta manera puede superar al mundo. Esta persona disfruta de la victoria sobre el pecado.
Estos efectos que son visibles para los demás, ocurren como resultado de esta irresistible, invisible, divina, única en su origen, y profunda obra que Dios ejecuta sobre el ama humana. Yo le pido que piense acerca de ésto, y que se examine, para que determine si ha experimentado o no esta obra inicial de Dios en su alma. Amén.
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